Treinta años después de aquella consagración, la historia de Damon Hill sigue siendo una de las más particulares de la Fórmula 1. Hijo del bicampeón Graham Hill, llegó a la cima después de una carrera que comenzó tarde, soportó la presión de llevar un apellido ilustre y encontró en Williams-Renault el equipo ideal para alcanzar su sueño. En 1996 dominó la temporada, resistió la presión de su compañero Jacques Villeneuve y selló el campeonato en Suzuka, el 13 de octubre.
El 13 de octubre de 1996 no fue un domingo más para la Fórmula 1. En el circuito de Suzuka, Japón, Damon Hill consiguió el título mundial que había perseguido durante años. La victoria en la última carrera de la temporada le permitió cerrar una campaña extraordinaria con ocho triunfos y 97 puntos, por delante de Villeneuve, su compañero en Williams, que terminó con 78 unidades.
Pero para comprender la dimensión de aquel campeonato hay que retroceder bastante más que los 16 grandes premios de 1996. La historia de Hill es la de un piloto que tuvo que abrirse camino bajo la sombra de uno de los apellidos más importantes del automovilismo mundial.
Un apellido inmenso: ser el hijo de Graham Hill
Damon Graham Devereux Hill nació el 17 de septiembre de 1960 en Hampstead, Londres. Su padre, Graham Hill, fue una figura extraordinaria: campeón mundial de Fórmula 1 en 1962 y 1968, ganador de las 500 Millas de Indianápolis y vencedor de las 24 Horas de Le Mans. Esas tres conquistas forman parte de la denominada Triple Corona del automovilismo.
Sin embargo, Damon no tuvo un camino sencillo hacia la máxima categoría. Durante su adolescencia, su familia sufrió un golpe devastador: Graham murió el 29 de noviembre de 1975 en un accidente aéreo, cuando Damon tenía apenas 15 años.
La tragedia modificó la vida familiar y también las posibilidades económicas para desarrollar una carrera deportiva. Damon no llegó a la Fórmula 1 como un joven protegido por una estructura de primer nivel desde la infancia. Comenzó compitiendo en motociclismo y posteriormente se volcó a los autos de fórmula.
Su progresión fue tardía en comparación con la de muchos de sus contemporáneos. En 1989 disputó la Fórmula 3000 internacional y, tras años de trabajo y búsqueda de oportunidades, alcanzó la Fórmula 1 en 1992 como piloto de Brabham.
El equipo atravesaba una situación financiera crítica y Hill tuvo que luchar para demostrar que merecía un lugar. En 1993 llegó a Williams como piloto titular, junto a Alain Prost, y comenzó a transformarse en uno de los protagonistas de la categoría.
La consagración de 1996 tuvo, por eso, un significado especial: Damon no solo ganó un campeonato mundial, sino que completó una historia familiar que parecía imposible de repetir.
El Williams FW18: una máquina preparada para ganar
La otra pieza fundamental de la historia fue el monoplaza. Williams presentó en 1996 el FW18, diseñado bajo la dirección técnica de Patrick Head y Adrian Newey, con el motor Renault RS8 V10 y neumáticos Goodyear.
El auto tenía una base técnica extraordinariamente competitiva y permitía aprovechar la eficiencia aerodinámica, la estabilidad en curvas rápidas y la potencia del propulsor francés. Williams llegaba, además, después de haber conquistado los títulos de constructores de 1992, 1993 y 1994, y de recuperar la corona en 1994 y 1995 en una etapa de enorme protagonismo técnico.
La dupla titular era una combinación de experiencia y juventud: Hill, que ya había peleado por el campeonato en temporadas anteriores, y Jacques Villeneuve, canadiense que debutaba en la Fórmula 1 tras consagrarse en la IndyCar y ganar las 500 Millas de Indianápolis en 1995.
La relación entre ambos tenía un componente inevitable: compartían el mejor auto de la parrilla y los dos querían ser campeones. Williams debía gestionar una competencia interna que, por momentos, le daba al campeonato un interés adicional.
Un comienzo demoledor: tres victorias consecutivas
Hill arrancó el campeonato de 1996 de la manera soñada: ganó las tres primeras carreras, en Australia, Brasil y Argentina. En las tres ocasiones se llevó diez puntos, el máximo que otorgaba el reglamento de aquel momento por una victoria.
El Gran Premio de Australia, disputado el 10 de marzo en Melbourne, abrió la temporada. Hill ganó después de largar desde la segunda posición. En Brasil, el 31 de marzo, se impuso tras conseguir la pole position. Y el 7 de abril llegó el Gran Premio de Argentina, en el autódromo Oscar Alfredo Gálvez de Buenos Aires, donde volvió a ganar desde la pole.
Para el público argentino, aquella tercera fecha tuvo un atractivo especial. La Fórmula 1 regresaba al país después de una larga ausencia: la carrera de 1996 fue la primera prueba argentina del campeonato mundial desde 1981. Hill fue el vencedor de esa cita histórica.
Tres carreras, tres victorias y 30 puntos. El británico se instalaba como el principal candidato, aunque todavía quedaban trece grandes premios y su compañero Villeneuve comenzaba a demostrar que no había llegado a Williams para conformarse con un papel secundario.
Los tropiezos que mantuvieron vivo el campeonato
El dominio de Williams no significó una temporada sin sobresaltos para Hill. En el Gran Premio de Europa, en Nürburgring, terminó cuarto, mientras que en San Marino volvió a ganar.
Después llegaron dos abandonos consecutivos: Mónaco y España. En el principado, el triunfo quedó en manos de Olivier Panis, con Ligier, en una de las victorias más sorprendentes de la década. Hill había tenido problemas y no pudo completar la carrera. En España, bajo la lluvia de Barcelona, Michael Schumacher protagonizó una actuación memorable con Ferrari, mientras Hill tampoco llegó a la bandera a cuadros.
Esos resultados demostraron que el campeonato no estaba resuelto. Villeneuve seguía sumando y Ferrari, con Schumacher, podía aprovechar cualquier oportunidad.
Hill reaccionó con dos victorias consecutivas en Canadá y Francia. El británico recuperó el control de la pelea, aunque la presión interna continuaba. Villeneuve ganó el Gran Premio de Gran Bretaña, mientras Hill abandonó en Silverstone.
El alemán Michael Schumacher también dejó su marca: ganó en España, Bélgica e Italia, y finalizó tercero en el campeonato con 59 puntos. Sin embargo, la regularidad y la cantidad de triunfos de los dos Williams terminaron marcando la diferencia.
El mano a mano con Jacques Villeneuve
Villeneuve no fue un rival externo: era su compañero de equipo, conducía el mismo modelo de auto y tenía acceso a una estructura que conocía perfectamente las posibilidades del FW18.
El canadiense ganó cuatro carreras en su temporada de debut: Europa, Gran Bretaña, Hungría y Portugal. Hill, en cambio, construyó su ventaja con ocho victorias y una mayor cantidad de resultados decisivos.
El británico volvió a imponerse en Alemania, en Hockenheim, el 28 de julio. Luego llegaron tres carreras que mantuvieron el suspenso: segundo en Hungría, quinto en Bélgica y abandono en Italia. En Portugal volvió a terminar segundo, detrás de Villeneuve.
Antes de la última fecha, Hill mantenía la ventaja en el campeonato, pero aún debía completar la tarea. En Japón, una victoria del canadiense combinada con un abandono de Hill podía cambiar el desenlace. La definición estaba abierta en términos matemáticos y la presión era enorme.
El título no solo enfrentaba a dos pilotos de Williams. También ponía frente a frente dos trayectorias muy diferentes: la perseverancia de un piloto experimentado y la irrupción de un debutante que ya había demostrado que podía ganar.
Suzuka, 13 de octubre de 1996: el día de la consagración
El Gran Premio de Japón se disputó el domingo 13 de octubre en Suzuka y fue la última prueba del calendario. Hill llegó decidido a cerrar el campeonato sin depender de otros resultados.
En la clasificación consiguió la segunda posición, por detrás de su compañero Villeneuve, que había logrado la pole. Pero en carrera el británico tomó el control y se encaminó hacia una victoria que valía mucho más que los diez puntos habituales.
Hill completó las 52 vueltas en 1 hora, 32 minutos y 33,791 segundos. Villeneuve, en cambio, abandonó después de perder una rueda, en un golpe definitivo para sus posibilidades. La victoria de Hill selló matemáticamente el título mundial.
El festejo tuvo un significado histórico. Damon se convirtió en el primer hijo de un campeón mundial de Fórmula 1 que también conseguía el campeonato. Graham Hill había sido campeón en 1962 y 1968; su hijo alcanzaba la cima 28 años después de la segunda corona de su padre.
No fue simplemente la continuación de un apellido famoso. Fue la culminación de una trayectoria propia, marcada por dificultades, una llegada tardía a la categoría y varios años de lucha por el título.
La temporada de Hill puede resumirse en una serie de datos que permiten dimensionar su rendimiento:
Ocho victorias: Australia, Brasil, Argentina, San Marino, Canadá, Francia, Alemania y Japón.
Nueve pole positions: una muestra de su velocidad a una vuelta durante todo el año.
Diez podios: terminó entre los tres primeros en diez de las dieciséis carreras.
Cuatro abandonos: Mónaco, España, Gran Bretaña e Italia.
97 puntos: suficientes para ganar el campeonato con 19 unidades de ventaja sobre Villeneuve.
Williams también conquistó el campeonato de constructores, con 175 puntos, muy por delante de Ferrari, que terminó con 70. El equipo británico consiguió así completar una campaña dominante en las dos clasificaciones.
Un detalle fundamental: el título llegó en su momento justo
La historia de Hill tuvo un epílogo inesperado. Pese a consagrarse campeón, no continuó con Williams en 1997. La escudería había decidido incorporar a Heinz-Harald Frentzen para la temporada siguiente, por lo que el flamante campeón tuvo que buscar un nuevo destino.
Hill pasó a Arrows en 1997 y posteriormente a Jordan. Con Jordan consiguió una victoria inolvidable en el Gran Premio de Bélgica de 1998, en Spa-Francorchamps. Se retiró de la Fórmula 1 al terminar la temporada 1999.
El campeonato de 1996 quedó como el punto máximo de su carrera deportiva. Fue su único título mundial, pero también la confirmación de que podía construir una identidad propia en un deporte que parecía tener reservado para él un lugar inevitablemente ligado a la memoria de su padre.
El legado de Damon Hill
La consagración de Hill ocupa un lugar particular en la historia de la Fórmula 1 por tres motivos.
El primero es deportivo: ganó ocho carreras, consiguió nueve poles y derrotó a su compañero de equipo en una temporada en la que Williams contaba con un auto de referencia.
El segundo es familiar: se convirtió en campeón mundial siguiendo los pasos de Graham Hill, algo que no volvería a repetirse hasta que Nico Rosberg conquistó el título en 2016, después de que su padre Keke fuera campeón en 1982.
El tercero es humano: su carrera demostró que el éxito no siempre llega a la edad que se espera de un piloto de élite. Damon alcanzó la Fórmula 1 a los 31 años y fue campeón a los 36, después de recorrer un camino mucho menos directo que el de varias figuras de su generación.
El 13 de octubre de 1996, en Suzuka, el automovilismo cerró una historia que había comenzado décadas antes. Graham Hill había conquistado dos campeonatos; Damon consiguió el suyo. Y el apellido Hill quedó definitivamente inscripto entre las grandes dinastías de la Fórmula 1.


